
Por Isabel Fernández
El gimnasio ha dejado de ser un servicio secundario en la concepción de numerosos proyectos hoteleros. La creciente importancia del bienestar, la consolidación de hábitos de entrenamiento y la diversidad de perfiles de viajeros están impulsando una evolución de estos espacios, que hoy deben responder a criterios de funcionalidad, diseño, seguridad y eficiencia operativa.
El reto ya no consiste únicamente en equipar una sala con máquinas cardiovasculares y elementos de musculación. La planificación del espacio, la selección de materiales, la calidad de los pavimentos y la facilidad de mantenimiento son factores que condicionan tanto la experiencia del usuario como el coste de explotación de la instalación.
En numerosos hoteles, el gimnasio está incluido en la estancia y no genera ingresos independientes. Su aportación debe evaluarse, por tanto, desde una perspectiva más amplia que contemple la satisfacción del huésped, la reputación del establecimiento, la diferenciación frente a la competencia y la coherencia con su posicionamiento.
Para tomar decisiones informadas, los responsables hoteleros pueden analizar la frecuencia de uso, las horas de mayor demanda, las incidencias, los costes de mantenimiento y la valoración del servicio por parte de los clientes. Estos indicadores ayudan a determinar si el espacio responde a las necesidades reales y dónde conviene priorizar futuras inversiones.
La eficiencia no significa reducir al mínimo el tamaño o el presupuesto, sino asignar los recursos adecuados a la demanda. Un gimnasio sobredimensionado puede generar costes sin aportar un valor proporcional; uno insuficiente o mal equipado puede frustrar las expectativas de los huéspedes.
La misma lógica se aplica a la reforma de instalaciones existentes. Antes de sustituir equipos o renovar acabados, resulta conveniente revisar la distribución, el estado de los pavimentos, la ventilación, la iluminación y las posibilidades de mejorar el funcionamiento del conjunto.
Para Rafael Rodríguez, CEO de Etenon Fitness, “actualmente, un espacio fitness bien planteado es un servicio que aporta valor a la experiencia global del huésped y que puede convertirse incluso en un factor decisivo a la hora de elegir un hotel. Cada vez más viajeros quieren mantener sus hábitos de entrenamiento también durante sus desplazamientos, por lo que disponer de unas instalaciones adecuadas permite al establecimiento responder a esta demanda y diferenciarse frente a otras opciones. Su rentabilidad no debería medirse únicamente en términos de ingresos directos, sino también por su capacidad para mejorar la satisfacción del cliente, favorecer la fidelización y reforzar la percepción de calidad del establecimiento. Para ello, es fundamental dimensionar correctamente el espacio y adaptar tanto el equipamiento como los servicios al tamaño, categoría y perfil de usuario de cada hotel”.
Mantener las rutinas de ejercicio durante los viajes forma parte de las expectativas de un segmento creciente de clientes. Tanto el viajero corporativo como el turista vacacional pueden valorar la posibilidad de entrenar sin desplazarse fuera del establecimiento, aunque sus necesidades y hábitos de uso sean diferentes.
Esta diversidad obliga a adaptar la oferta a la tipología del hotel. En los establecimientos urbanos, el gimnasio suele responder a sesiones breves, entrenamientos individuales y horarios amplios. En los resorts, puede integrarse con actividades dirigidas, entrenamiento al aire libre y otros servicios de bienestar. En los hoteles de alta gama, el diseño, la privacidad y la atención personalizada pueden adquirir un protagonismo especial.
Como indica Daniel Batlle, responsable de la Divisón Contract de Grosfillex Española, “el huésped contemporáneo ya no busca simplemente un espacio funcional con máquinas; demanda experiencia, confort ambiental y diseño biofílico o acogedor. Se valora enormemente que el gimnasio mantenga la misma coherencia estética y nivel de acabados que las suites o el lobby del hotel. Además, el concepto de entrenamiento se ha integrado dentro del paraguas del wellbeing integral. El usuario busca un entorno limpio, luminoso, con acabados agradables al tacto y a la vista que inviten a la desconexión mental y la revitalización física. La tecnología y la personalización son importantes, pero requieren de una atmósfera arquitectónica cuidada para aportar un valor real”.
La primera decisión de un proyecto de gimnasio hotelero debe ser funcional: determinar quién utilizará la instalación, qué tipo de entrenamiento realizará y en qué franjas horarias.
A partir de estas variables se definen la superficie, la distribución y la selección de equipamiento. Las zonas cardiovasculares, los equipos de fuerza, el peso libre y las áreas de entrenamiento funcional deben organizarse para facilitar la circulación, garantizar distancias de seguridad y permitir actividades simultáneas sin interferencias.
Francisco Font Albiol, gerente de F&H Fitness Equipaments, considera que “el diseño es el factor diferencial que transforma un área de entrenamiento común en una herramienta estratégica de retención, identidad y estatus”.
En espacios reducidos, habituales en determinados hoteles urbanos, la versatilidad resulta especialmente importante. Una selección equilibrada de equipos puede ofrecer más posibilidades de entrenamiento que una sala saturada de máquinas especializadas. La incorporación de elementos auxiliares para movilidad, estiramientos y ejercicios con el propio peso amplía las opciones sin exigir necesariamente una gran superficie adicional.
Por ello, es necesario plantearse previamente la distribución del espacio. Según Jaime Pou, sales manager Hospitality, Multi Unit Housing & Corporate de Life Fitness-Hammer Strength, “por lo general, si el espacio está bien dimensionado y conceptualizado, conviene contar con distintas zonas de entrenamiento: cardio, musculación guiada, trabajo con cable, entrenamiento funcional, peso libre y una zona de recovery. Esta última gana protagonismo, ya que la recuperación forma parte cada vez más de las rutinas de entrenamiento y de la experiencia que busca el usuario. En cuanto a la distribución y la ubicación de las máquinas, no existe una fórmula única. Cada proyecto es diferente y debe responder al perfil del huésped, al espacio disponible, a los flujos de circulación y al tipo de entrenamiento que queremos facilitar”.
Por su parte, Joaquín Mendoza Solé, project manager de Mygym, opina que “lo mejor es personalizar las propuestas para cada cliente en concreto. Con un espacio de cardiovascular, otro de fuerza y otro funcional puede ser suficiente”.
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